Monday, December 14, 2009

Arantza

 


Miguel Aranguren | En Aragón Liberal

 

 

Ya puede echarse a temblar el feminismo de salón, que durante tantos años nos ha dado la murga sobre lo malos que son los hombres y la necesidad de derrotarlos mediante el ardid de la igualdad, la lucha de clases de Marx pero vestida de guerra entre los sexos: el matrimonio y la maternidad analizados como realidades alienantes. Y digo que ya puede echarse a temblar porque Arantza Quiroga, guapísima presidenta del parlamento vasco, no tiene empacho alguno en proclamar otro mensaje, femenino en vez de feminista, que sostiene, además, con el ejercicio del poder y con el de sus responsabilidades de madre, ahí es nada, al tiempo que alegra el debate público con sus ojos de gata.

 

Tuve ocasión de escucharla en un encuentro para jóvenes, organizado por Cooperación Internacional en la Universidad de Santiago de Compostela. Después de leer un discurso oficial y previsible, Arantza se creció en el turno de preguntas y reconoció, sin componendas, cuáles son los valores que procura vivir y transmitir en su ámbito personal y en el político. Nos sorprendió conocer que son los mismos, es decir, que ella no entiende del doble rasero con el que se pretende justificar la amoralidad de muchas actuaciones públicas.

 

La Quiroga habla de libertad, respeto, familia, responsabilidad, fe, servicio, entendimiento, vida, esfuerzo…, con la misma naturalidad en casa que en el parlamento o ante los medios de comunicación. Detesta los matices con los que los políticos pretenden contentar a casi todos los auditorios cuando se ponen a medir el alcance de sus posiciones ante asuntos "calientes", esos que una falsa prudencia llama a obviar.

 

Al pan, pan, como la Quiroga, satisfecha de vivir con libertad su derecho a ser madre de cuantos hijos Dios le quiera dar (y van cuatro), o de buscar la manera de que las leyes del aborto comiencen a ser un mal recuerdo.

 

Puestos a elegir, entre el sentido común y el brillantísimo aspecto de Arantza Quiroga y la amargura y la decadencia física de la mayor parte de las feministas, me quedo con la primera.

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