Saturday, January 20, 2007

Los primeros cristianos y su coherencia de vida.

Hoy celebran los cristianos a un buen número de mártires: San Fructuoso de Tarragona, obispo y mártir y sus diáconos Eulogio y Augurio, mártires; Fabián y Sebastián, Neófito, Eusebio, Eutiquio y Basílides, mártires. Murieron por su fe.

El Imperio Romano era muy tolerante en cuestión de religiones. Los dioses de bolsillo eran compatibles entre sí. Eran protectores de un pueblo, de un oficio, de una nación, o "de un vicio". Pero tenían sus parcelas bien delimitadas por los hombres.

Cuando se sometía un pueblo, el dios del pueblo era incorporado al pueblo dominante. Era "también" sometido. Y así el Imperio tenía esa pleyade de dioses con la jeraquía del poder terreno.

Detrás de esos dioses estaban las orgías, las bacanales, las prostitutas sagradas, los espectáculos sangrientos e, incluso, sacrificios humanos a los dioses orientales que "eran tolerados".

Eran dioses de las pasiones.

Los judíos eran tolerados porque su religión era "nacional", no alteraba el equilibrio de poder de los dioses.

Pero el cristianismo abrió la luz de la razón al Dios único, lo que ya sabían los filósofos griegos pero que no divulgaban por considerar la religión politeísta "útil" al Imperio; pero también abrió la razón a la luz de la fe. Y chocó con el mundo pagano.

Chocó por la coherencia de vida. Eran como los demás pero "ni se emborrachaban, ni eran infieles a sus mujeres, ni mataban a sus hijos; además eran alegres y se querían", lo que llevaba a decir a los paganos: "mirad cómo se aman". Y se creó la envidia y la persecución. Y vinieron los mártires. Unos de ellos hispanos como San Fructuoso que celebramos hoy. Otros militares, obispos, campesinos, patricios, incluso de la familia de los Flavios.

Juliano el "apóstata" quiso volver al paganismo con las virtudes cristianas y fracasó.

El cristianismo impregnó el Imperio.

Hoy eso será de nuevo posible si vuelven a poder decir los neo-paganos: "mirad qué felices son, cómo se quieren".

Aunque algunos dirán, como le gustaba parodiar a Chesterton, que somos los más peligrosos embaucadores porque parecemos buenos, parecemos felices y, lo peor de ello, es que "más o menos" lo somos. ¿Habrá trampa en esa apariencia? ¿Qué mal se oculta?

Los ojos claros ven claramente, los turbios con turbidez.

Nosotros los cristianos tenemos hoy el ejemplo de los mártires. Traigo aquí dos biografías de los santos que se celebran en el día de hoy, se las dedico a Carmen, nuestra colaboradora de Cataluña (San Fructuoso fué obispo de Tarragona).

Frid.

San Sebastián:

Soldado Mártir. Año 300. El nombre "Sebastián" significa: "Digno de respeto. Venerable"

Se dice de él que entró a la vida militar para poder ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. Una vez un mártir estaba para desanimarse a causa de las lágrimas de sus familiares, pero el militar Sebastián lo animó a ofrecer su vida por Jesucristo, y así aquel creyente obtuvo el glorioso martirio.

Dicen los antiguos documentos que Sebastián era Capitán de la Guardia en el Palacio Imperial en Roma, y aprovechaba ese cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos.

Pero un día lo denunciaron ante el emperador por ser cristiano. Maximino lo llamó y lo puso ante la siguiente disyuntiva: o dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o si persistía en seguir creyendo en Cristo ser degradado de sus cargos y ser atravesado a flechazos. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida, y entonces por orden del emperador fue atravesado a flechazos.

En Roma le levantaron desde muy antiguos tiempos una basílica en su honor. Ha sido invocado por muchos siglos como su Patrono contra las flechas envenenadas y para librarse de plagas y enfermedades. San Ambrosio pronunció hermosos sermones acerca de San Sebastián. Es patrono de los arqueros, los soldados y los atletas.

Fructuoso, obispo de Tarragona y mártir († 259)

En el Peristephanon del calagurritano Aurelio Prudencio está presente como una de las glorias cristianas de la Tarraconense aún romana. El sexto himno hecho de cincuenta y cuatro estrofas de tres versos de once sílabas escritos en los albores del siglo V, cuando el poeta decide _según su propia confesión_ abandonar los honores mundanos para dedicarse al canto de la gloria de Dios hecho en poema latino, al exponer la vida de los que _sin excesivo apego a ella_ la dieron por Jesucristo.

Fructuoso fue obispo de Tarragona y murió mártir, condenado a ser quemado en la hoguera, acompañado por algunos de sus ministros dos de los cuales eran diáconos y con los nombres conocidos de Augurio y Eulogio.

Las Actas de su martirio están reconocidas por los estudiosos como de las pocas que pueden ser consideradas fieles hasta el punto de considerar a Fructuoso como "el protomártir hispano justificado ante la historia" por su autenticidad.
Fue en el tiempo del emperador Valeriano; los cónsules eran Baso y Emiliano.

Fue al despuntar de un día de enero. Llamaron a la puerta del obispo los enviados por las autoridades que querían verle y juzgarle por su fe cristiana ya que se dedicaba a dar instrucción a los fieles y a extender aquella religión. Abrió la puerta cuando llamaron, aún estaba con las sandalias sin atar. Lo llevaron a la cárcel con sus discípulos hasta que se constituyera el tribunal; fue una semana en la que les atendieron los de la "fraternidad" que no abandonaban las puertas de la cárcel; para ellos no había peligro, los romanos sólo buscaban suprimir las cabezas de los jefes o responsables. Al final, la cita con el cónsul Emiliano tiene lugar con la sencillez y resolución de la muerte en la hoguera de los tres cristianos confesos de su condición de creyentes en Cristo y obstinados en rechazar cualquier otra divinidad.

Se ejecutó la condena en el anfiteatro. Entre llamas dieron testimonio firme ante una multitud de paganos vociferantes y muchos cristianos que lloraban su muerte.

El relato es sobrio, sin adornos, escueto. Las palabras del cónsul que iban al grano y las respuestas firmes que no admiten retorno quedaron plasmadas para siempre en testimonio fijo. Casi tan fijo como el premio.

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